Estado del sistema: INESTABLE
Origen: quiebre tiempo-espacio-materia
Clasificación: hiperreal
Página de realidad paralela: https://gearmind.neocities.org/
El recuerdo de Solais
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Es irónico, pero pareciera que mientras más ansiedad siento por el presente, más recuerdo el pasado. Mientras más incierto es el futuro, más me acecha la melancolía.
Tengo muy presentes los recuerdos de las noches en que mis maestros nos recitaban las historias de nuestra llegada a Talamh, este planeta incierto, al que llegamos desesperados hace apenas un ciclo de alma. Me dijeron que mientras más vidas pasen, más difícil será recordar la vida en Solais. Que iremos olvidando, hasta sólo sentir el vacío y el desarraigo, sin encontrarle explicación. Así que quiero dejar este registro para la posteridad. Para cuando nuestro hogar natal no exista ni en nuestras memorias ni en registro alguno. Quizás estas palabras sirvan de consuelo a esas almas que se encuentran extraviadas y, al menos, a través de este escrito, no se sientan tan abrumadoramente solas.
Solais era un planeta pequeño, con algunas ciudades que concentraban a parte importante de sus habitantes. Pero no era para nada hiperurbanizado, incluso muchos de nosotros vivíamos en aldeas. Era un planeta con distintos climas y territorios que conformaban un ecosistema armónico: algunos más áridos y calurosos, en donde abundaban los desiertos de arena. Otros más planos y congelados, con álgidos inviernos, que incitaban a una hibernación necesaria por las tormentas de nieve. Y otros, como la tierra de la que vengo, que se caracterizaba por acantilados verdosos, marejadas, colinas repletas de vegetación, ventoleras salvajes y bosques sagrados. Todos estos paisajes se expresaban en distintas relaciones sociales y construcciones de comunidades. En territorios áridos abundaba la astucia y la pillería. En territorios de hielo el predominio era la hostilidad y el resguardo, y en los acantilados verdosos la lógica era la solidaridad y las fogatas nocturnas.
Pese a los distintos climas y modos de vida que nos extendíamos por el planeta, alcanzamos la paz, luego de algunos años de álgido conflicto, en las llamadas Guerras de la Rabia. Algunos cedieron a la paz por conveniencia, otros por supervivencia, otros porque era nuestra inclinación natural alcanzar un estado de equilibrio.
Nuestra visión de progreso siempre estuvo arraigada a nuestro entorno. Una arquitectura ecosistémica, que aquí llaman “bioconstrucción”, para nosotros sólo era la construcción, ya que nunca habitamos Solais de otra manera. Nunca la concebimos como un recurso o una materia prima, sino como parte viva de una totalidad en la que coexistíamos. Nuestras edificaciones más modernas eran tecnosimbiontes entre construcciones y montañas, entre raíces, energía solar y subsistencia tanto nuestra como de las otras especies con las que convivíamos en un mismo lugar. Incluso, mi propio hogar en la aldea era una combinación entre piedra, agua, plantas y plumas.
La lógica de la depredación nos era totalmente ajena. Hasta que la conocimos. Y nunca nada volvió a ser igual después de ese maldito día, que estará marcado para siempre en nuestro calendario Giboso.
En la decimocuarta noche del mes de Nivoso del año del Roehuesos, llegaron ellos. Tecnologías pyrocénicas, basadas en la combustión, echando humo negro, convirtiendo la nieve en un material viscoso y negro, que llenó nuestros bosques sagrados de capas negras y mortuorias. Para mí fue una noche monstruosa, espeluznante. Nunca pensé ver a la fuerza elemental del fuego, protagonista de nuestros rituales y dioses de verano y la vida, siendo usada para maquinarias de la muerte y la invasión tan brutales. Me gustaría decir que no lo vimos venir, pero nos estaría mintiendo. Y no vengo a mentir. Vengo a sangrar.
El equinoccio anterior a esa noche, para nuestra festividad de la Cosecha, cuando ya llevábamos un rato de las danzas, y era hora de que quienes nos encargamos de la espiritualidad de la aldea nos retirásemos a los rituales estacionales correspondientes, me acerqué a la Foresta Soiller, y a la dryade que solía ser mi mejor amiga espectral, a la que llamaba, de cariño, Alanna. La encontré profundamente angustiada, al borde de un ataque de pánico, en el camino del acantilado que llevaba a la Foresta. Nunca la había visto así, por lo que, obviamente, me preocupé. Y es que ella, espíritu encarnado del árbol del Calmo, con sus tonalidades verde agua y celeste, solía ser muy equilibrada y fuerte, como parte de su esencia. Por eso fue mi amiga, desde nuestros primeros entrenamientos. Porque con ella aprendí lo que era la verdadera sabiduría, templanza y paciencia.
-No sé si contarte lo que está pasando. - Me dijo mientras jugaba nerviosa con sus delicados dedos.
-Necesito que me lo digas, ya que, de todas formas, sé que es algo malo… y es mejor prevenir.
-No podemos prevenirlo. Porque, aunque lo intentemos, no nos creerán.
-Al menos podemos intentarlo. - Me acerqué a ella, y tomé sus manos con gentileza. Al verla de frente, vi que por su pálido rostro corría una lágrima negra y densa, que fue dejando un surco en su mejilla. Al intentar secar esa lágrima corrosiva con mi mano, también me dejó heridas. La miré a los ojos, y ella me miró de vuelta. Sentí ese gesto como un consentimiento a poner mi mano izquierda sobre su frente, así que lo hice, y cerré los ojos.
Por lo general, cuando generaba esa conexión con ella, se formaba temporalmente un entramado de raíces a nuestros pies que nos unían, y la información pasaba a través de ese canal botánico-chamánico. No muchas formas de vida lograban generar una sintonía tan fuerte con un espíritu como una dryade. Mal que mal, son espíritus que viven atados a los árboles y se cree que sólo generan vínculos entre ellos. Pero, como una sentencia anunciada, nací con marcas de ramas de árbol en todo mi cuerpo. Como si fuese un aviso de que pasaría todas mis vidas intentando no ser talada. Luchando contra el riesgo de extinción.
Se armó la enmaraña de raíces bajo nuestros pies, y vi. Vi máquinas que nunca antes había visto, rasgando nuestra atmósfera y entrando, dejando estelas negras de humo a su paso. Pude verles estacionar, dejando kilómetros inhóspitos sin naturaleza, y espíritus emigrando a otro plano por esta amenaza. Pude verles en su verdadera forma, tan extraña, tan… húmeda. Y pude ver que venderían falsas intenciones de progreso para nuestro planeta y nuestras formas de vida, pero en realidad, sólo querían una cosa.
Alanna señaló las raíces que nos unieron.
-Esto nos haría algo así como… ¿parientes? - se rió. -Podríamos decir que seríamos algo así como primas de sangre.
-De salvia.- le corregí.
Cuando inspiré, y me dispuse a recibir su regalo, pude sentir que me inundó una sensación de calma, mientras que mi lector molecular individual detectó anomalías genéticas importantes. Se estaba modificando mi genoma. Sabíamos que esto era algo posible porque en muchas ocasiones lo habíamos realizado a pequeña escala en algunos experimentos, pese a los dilemas éticos. Pero nunca había sucedido - que supiéramos - una modificación genética incentivada por un proceso tan ritual y profundo como este.
No hablaremos mucho sobre si fue consentido o no, no ahora, al menos. Cuando llegue a lo de Rayna, quizás.
Tuve los ojos cerrados todo el tiempo. En la visión, yo ya no era la misma, y la Foresta tampoco. Sólo era una plataforma circular de tierra seca flotando, y yo sentada en ella. No había rastro alguno de los doce árboles maestros, ni de Alanna. Y un camino incesante de un fuego totalmente artificial. No era como el fuego elemental y sagrado de las hogueras que encendíamos en las noches de los Solsticios y Equinoccios, que era casi para lo único que usábamos el fuego.
Solté a la dryade del Calmo con brusquedad.
- ¿De dónde vienen estos seres?
-De un planeta que ya devastaron, luego de pasar por otro planeta que devastaron, y otro, y otro…
-Este podría ser nuestro fin. ¿Alguien más lo sabe?
-Aquí no. En las planicies Invernales hay otra Dryade que buscará alertar. Todas las que podamos, alertaremos. A la de las planicies debes buscarla, Seren. Es la que está más cerca de nosotras. Tienen que unirse. Los maestros de esta zona del planeta van a preferir esperar, y cuando quieran actuar, será muy tarde.
-Quizás ya es muy tarde…
Esa madrugada estuve en el acantilado de Luna negra - que fue llamado así por la oscuridad que había en él, ninguna de las lunas ni de los soles lograba llegar a iluminarlo totalmente. Estuve allí mientras a lo lejos veía las hogueras de la festividad apagándose, contemplando la humareda que emanaba de ellas, recordando las humaredas de estas máquinas que llegarán más temprano que tarde… Me mantuve allí un buen tiempo, intentando apaciguar el temor que se alimentaba de mis visiones. ¿Qué máquinas eran esas? ¿Qué tecnologías extrañas e invasivas se avecinan para cambiar las cosas para siempre? ¿Podré dar el llamado de alerta para que evitemos que la situación avance?
Durante el atardecer del día siguiente, me dispuse a viajar a las planicies Invernales, bajo pretexto de estudiar un nuevo proceso de Biokinesis con fines genéticos. Tan falso no era, ya que parte de mi especialización chamánica se relacionaba con estudios de biología, genética molecular y rituales. Fue en una jornada de estos mismos asuntos que conocí a Rayna, quien, además de interesarse por mis mismos asuntos, también estaba unida a una dryade de un árbol sagrado de su zona. A una dryade de un Aske.
Guardé mis implementos, y me apresuré a salir, ya que me esperaba un camino de una semana. Fui a Foresta Soilleir, a despedirme de mi dryade.
La Foresta era un lugar sagrado, al que sólo unos pocos podían entrar. Aunque no fuese de ese grupo de afortunados aún, estaba unida a Alanna. Es extraño esto de mantener jerarquías sociales basadas en rangos esotéricos o espectrales. Nadie los maneja, sólo suceden. En fin… Era un espacio circular de doce árboles enormes, que entrecruzaban sus ramas, creando una especie de domo. Era casi imposible pasar a menos que tuvieras su autorización, o que te aventures a intentar cortar alguna de sus ramas para entrar. Suerte con eso último.
Era un sitio retirado de la aldea, bajando por un sendero de tierra gris que parte desde un acantilado. Luego de bajar por el sendero, había una escalera de piedras que había que saltar hasta llegar a esta plataforma terráquea circular que estaba separada de la tierra firme, flotando. Era una vista increíble, de veras. En nuestro planeta, los planos materiales y espirituales estaban tan conectados, que las fuerzas etéreas se manifestaban contra la propia gravedad.
Lo que más me gustaba era que tanto las ramas de los doce árboles, como sus raíces, se entrecruzan, dando la sensación de que es una esfera de árboles flotando a la distancia.
El sendero, iluminado por los primeros rayos del sol, se sentía distinto cuando lo iba cruzando. No pude evitar romper en llanto. Sin embargo, seguí caminando y luego saltando los peldaños de piedra. Cuando estaba en el último peldaño, uno de los árboles movió sus ramas para dejarme entrar. Una vez dentro, puedo sentir el cambio en la vibración de este tumulto sagrado. Estaba siendo corrompido.
Alanna se acercó corriendo a mí, y me dio un abrazo verdoso. Las pequeñas estelas verdecinas de su energía en mi tacto no duraron tanto como otras veces. Cuando la miré, entendí.
-Se van a ir.
-No hay mucho que podamos hacer, Seren. Si no nos vamos, los espíritus maestros de este planeta morirán.
-...
-Lo único que podíamos hacer era avisar a nuestros lazos de confianza, y ya lo hicimos. Ahora… Tenemos que priorizar evitar la extinción absoluta de los espíritus maestros.
- ¿Van a seguir siendo espíritus maestros si, cuando vuelvan, sólo haya pilas de cadáveres en vez de aprendices?
- No lo sé, Seren… no es algo que podamos ver. El futuro, en este momento, está plagado de neblina gris.
-Al menos pueden irse. Te voy a extrañar mucho, Alanna. Creo que… Esta es la última vez que nos veremos. - dije esto, y comencé a llorar, y ella junto conmigo. Nos abrazamos, acurrucadas la una con la otra. Nuestra raíz se volvió a conectar.
-Seren, te voy a dejar un regalo. El consejo drúidico decidió que las dryades que estemos conectadas con ustedes lo hagamos. Necesito que abras tus canales y lo recibas.
- ¿Qué es?
-Herramientas de biokinesis que podrán usar si la situación se sale de control. En el peor de los casos… no podrán sobrevivir todos. Pero al menos ustedes tendrán más chances. Serán lo más cercano a los árboles maestros que habrá por aquí de momento.
-Yo no quiero esto, Alanna. No quiero ser heroína ni que esto sea un desafío personal.
-No lo es, Seren. Pero a alguien tiene que tocarle esta misión, que no servirá de nada si no logran convencer a los demás. Recíbelo, por favor. Por último, hazlo para llevar algo de mí.
No es tiempo para llorar.
Volví a casa a buscar a Ruis, para contarle lo sucedido, descansar, y emprender nuestro viaje. Ruis es un amigo de aprendizajes, que es a la vez un consejero y guardián. Nuestro vínculo se basa en reciprocidad desde esa doble interacción. Nos conocimos en una noche de festividades, cuando tanto él como yo estábamos en nuestros respectivos túmulos sagrados. Prendimos hogueras consagradas, y nuestros humos a la distancia, comenzaron a ondear. Nos saludamos desde lejos. Al terminar, nos encontramos. Desde ahí, hemos sido inseparables.
Nos cuidamos ambos. Y es que… no les había comentado, pero en Solais no tenemos formas humanas, sino más bien, todos somos unos animales. Ruis se asemeja mucho a lo que en Talamh llaman como búhos. No profundizaré mucho en ello, porque sé que en el planeta Tierra, así como en Talamh, los seres que han dominado la historia son antropocéntricos: sólo comprenden aquello que se asemeja a ustedes. Si les dijera cómo nos vemos, nos creerían mascotas exóticas y salvajes, o monstruos. Nos perseguirían con miedo o para exhibirnos como rarezas. Y no necesito que nos discriminen, necesito que empaticen con esta Historia.
Al ser de especies diferentes Ruis y yo, tenemos idiomas diferentes, pero gracias a los avances de la ecorobótica, tenemos traductores de tiempo real que nos permiten una comunicación fluida.
Le conté a Ruis lo que pasó en la Foresta y con Alanna, y sólo hizo un gesto de negación con la cabeza.
Hay lenguajes paraverbales que son arquetípicos aún con otros tiempos, otros planetas, otras realidades.
No quiero hacerles el cuento largo, así que finjamos que la teletransportación es fácil, y que aparecimos, tras siete maravillosos días, en las planicies Invernales. Una vez allí, Ruis me recordó todo lo que sabíamos sobre la vida de estos grupos, que era ligeramente distinta a la de nuestra aldea. Allá son más robustos físicamente, más toscos en su actuar, y tienen una visión más bélica de la vida. No me extraña, ya que es un entorno mucho más hostil, el viento tan fuerte hace que la nieve se sintiera como clavos golpeando mi cuerpo.
Las planicies no eran realmente tan planas. Ausentes de cerros y acantilados, sí. Pero tenían edificaciones llamadas Ishjem (hogar de nieve). Casi todas las construcciones eran de ese tipo. Su forma situada de ecoarquitectura.
Estuvimos deambulando entre la nieve por un atardecer que parecía más noche. Al llegar a una taberna, de la que salía ruido de gente festejando, me asomé por la ventana, y encontré a Rayna jugando al gallito con un hombre Toro, y ganándole. Se puso de pie, con el rostro ruborizado por el alcohol - la, famosa en nuestra tierra, gotamiel - dispuesta a celebrar su triunfo. Ahí fue que abrí la puerta. Me miró, y su sonrisa de satisfacción se borró.
-Parece que no se alegra mucho de verte - me susurró Ruis, que iba sobre mi hombro, al oído.
-A nadie le alegraría una visita así, sabiendo todo lo que está pasando. No me lo tomaré a personal… espero. Mal que mal, somos viejas amigas.
Rayna se acerca hacia mí, y me dió un abrazo muy fuerte. El resto de la taberna, con rostros de confusión, guardaron unos segundos de silencio antes de seguir en su jolgorio. Cuando Rayna enterró su rostro en mi otro hombro, sentí que emitió un suspiro de tristeza. Lo sabía todo. No hablamos mucho más sobre ese tema durante el camino a su hogar, un Ishjem aislado entre dunas de nieve.
Al llegar, Ruis activó en su ala un dispositivo de pyrokinesis para prender la chimenea, ya que el frío estaba congelándonos. La falta de costumbre. Los tres nos quedamos mirando al fuego en silencio, hasta que decidí romperlo.
-Alanna se fue. ¿Arka también desapareció? - Rayna asintió, sin dejar de mirar al fuego. Los tres suspiramos, apenas moviéndonos.
-Seren.
-Dime.
-No sé si podremos convencer a todos de la gravedad de lo que va a pasar. Apenas escuchan. Estamos tan acostumbrados a la paz, a los acuerdos, a esta forma de hacer las cosas… lo que vi es algo tan ajeno a cualquiera de nuestros lenguajes, va más allá de nuestra comprensión. Yo misma no puedo creerlo del todo.
- ¿Crees que Arka y Alanna sacrificaron sus cuerpos materiales por un supuesto? ¿Que los árboles maestros prefirieron esfumarse porque son cobardes?
-No he dicho eso. Es solo que… no entiendo.
-No hay que tratar de entenderlo - dijo Ruis - porque eso sería inutil, sería como tratar de entender a otra especie, desconocida, de otro planeta, con otros códigos, otros intereses. ¿Puedes ponerte en la experiencia vital de un pulpo? No. No hay que desgastarse tratando de entenderlo. Sólo tenemos que alertar a todos. No somos los únicos que hemos soñado o visto esto. Hay otras formas de revelarlo.
-YA SÉ. - dije con emoción, y salí corriendo al co-laboratorio de Rayna.
–OYE, NO TE METAS ASÍ COMO ASÍ, HAY OBJETOS DELICADOS. – ipso facto, se me cayó un mechero inalámbrico.
–UPS. – lo recogí de manera atarantada, y seguí buscando, y lo encontré. Volví a la sala de estar con Ruis y Rayna. – Ya que sabemos que es difícil que nos crean a nosotros, por más que sepan que somos “líderes” espirituales – dije esto con un tono sarcástico –, hagamos que vean. Rayna, recuerda que construimos este dispositivo, que es un emulador de fases de sueño, que también puede proyectar psíquicamente las imágenes asociadas con esas frecuencias y ondas. – Ruis no entiende mucho de estas cosas.
–¿Es como… teletransportar sueños?
–Podría decirse así – le respondí, pensativa -. Lo creamos para entrenar juntas en el mundo onírico. Logra captar las frecuencias y ondas cerebrales, las graba, y es capaz de recodificarlas y reproducirlas en otro sitio.
–Había olvidado eso… y pensar que lo creamos para intentar generar un puente de sueños.
–Con esto podemos crear un rizoma de sueños, si conseguimos alguna manera de mejorar su amplitud, y proyectar las visiones que nos dieron las dryades a gran escala.
–Podría funcionar – dijo Rayna – y en realidad... no se me ocurre otra cosa, así que intentémoslo.
Estuvimos intentándolo durante seis rotaciones solares. Se nos fueron sumando otros que habían recibido las visiones. La parte más difícil era la de generar un rango extendido de amplitud de ondas cerebrales, y, a la vez, conectar las proyecciones con las dimensiones afectivas, de manera que quienes reciban las visiones puedan sentirlas como reales. Svartag y Kenlet ayudaron mucho con lo primero, y Aime con lo segundo. La gran mayoría de las personas que se nos sumaron, sin embargo, fueron las fundamentales: fueron la mano de obra, y también la fuente de ánimo, ya que… la ausencia de Alanna me sumió en una depresión demasiado profunda, y a Rayna le pasaba igual con la ausencia de Arka.
De no ser por todos ellos, el experimento no hubiera tenido el éxito que tuvo.
La decimosegunda noche de Nivoso, Ruis se encargó, con su ala cyborg, de activar la palanca que echaría a andar la antena de amplitud total, por octava vez en este tiempo. Los otros intentos fueron infructíferos en términos de lograr algo concreto. Pero… sí hubieron muchos que recibieron el mensaje y comenzaron a prepararse desde sus propias trincheras.
Ruis bajaría la palanca. No podía ser de otra forma, ya que, para evitar cualquier error, y alterar el mensaje psíquico-onírico, hicimos que la palanca requiriera de mucha fuerza para ser bajada. Ruis era el ser indicado para esto.
Para corroborar su eficiencia, obviamente también íbamos a ser afectados por estas ondas. Por consecuencia, nos dormimos. Vimos lo que sabíamos que veríamos, y a la mañana siguiente comenzaría todo.
No esperábamos que lo que iba a suceder fuera tan… heterogéneo. Por suerte, desplegamos a varios de nosotros en distintas aldeas y territorios del planeta. Todo era un caos. Nadie entendía nada, el temor y el shock reinaban. La desesperanza. Algunos hacían sus maletas pensando escapar al confín más lejano del planeta, otros sacaban hora para las cámaras de suicidio asistido.
Citaron a una asamblea de urgencia, a la que asistimos. Nos culparon por haberlo sabido desde hace años y “no haber hecho nada”. ¿Si sólo les hubiésemos dicho, nos hubiesen creído?
No pudimos hacer mucho. Pese a que contábamos con el apoyo de los Maestros y sabios, y de muchísimas personas que veían en nosotros sus posibilidades de subsistir, el Consejo jurídico por la Igualdad nos consideró traidores de la paz, y nos sentenciaron a siete jornadas de arresto total.
En Talamh esa condena es casi ridícula, un adorno.
Las condenas se hicieron efectivas en la tarde del decimocuarto día de Nivoso. Todo esto mientras distintos nichos se coordinaban, ya sea para resistir, venderse, o huir. O, peor aún, pensar que era una conspiranoia e ignorarla.
Cada uno de nosotros sabría qué camino tomaría.
Cuando estábamos en nuestros calabozos individuales a prueba de kinesis, empezó.
Nosotros lo sentimos como temblores fuertes que remecieron las entrañas de la tierra. La imaginaba rugiendo, enfurecida por lo que se vendría. Comenzaron a haber interferencias en nuestras tecnologías de suministro energético, y se dieron apagones.
En uno de esos apagones, las barreras de nuestras celdas se desactivaron, y tuvimos la oportunidad de salir de los calabozos.
Al salir, la nieve negra de nuestras visiones estaba encima de nuestras cabezas. Yo no quiero reivindicar el relato heróico ni ponerme como protagonista en esta historia. Soy protagonista de mí relato porque es lo que yo viví, y es de lo que puedo hablar. Con Rayna y Ruis corrimos directamente a una de las “naves”, justo en el momento en el que se estaba abriendo una compuerta, y salían unos seres simplemente nauseabundos.
Llegaron con un discurso conciliador, y pidiendo auxilio. Mucha gente les emplazó a partir de las visiones. De que son depredadores, que han aniquilado a otros planetas… versus la versión que ellos daban. De que eran refugiados medioambientales de otros planetas que se volvieron inhóspitos e inhabitables, y estaban buscando la solidaridad de algún planeta en el que vivir fuese posible. Lamentablemente, estaban al tanto de nuestra naturaleza pacífica y, al parecer, de la credulidad que la mayoría se cargaba.
Se reunieron con las autoridades de cada uno de los 15 distritos. Llamaron a las “autoridades” tecnochamánicas, pero nos negamos a participar, creyendo que esa negativa podría agitar un poco las cosas. Pero, simplemente, nos pasaron por encima. Se reunieron con el Consejo jurídico por la Igualdad, y con los Jefes de guerra de cada distrito. Llegaron a acuerdos de convivencia, y los firmaron. Durante algunos años, todo parecía estar bien. Pero nosotros sabíamos que no lo estaba. Gracias a esto, nos aislaron. Nuestras vidas se fueron haciendo cada vez más y más miserables. De a poco, fueron imponiendo sus propios inventos a los nuestros. Monedas de cambio, retorno a energías contaminantes, desprecio por el balance ecosistémico. Lentamente, cada uno de los lugares sagrados se fue convirtiendo en centros de extracción de lo que, para ellos, eran recursos. Lentamente, cada ser se fue volviendo más y más preso de su propia credulidad, mientras nosotros, tachados de excéntricos, locos, desviados, sólo podíamos ver con desesperación que cada una de las profecías de las dryades se hacía realidad.
Cuando el oro fluido comenzó a escasear, ellos comenzaron a acaparárselo, y nosotros comenzamos a morir. Nosotros, nuestras plantas, nuestros compañeros animales. Ya era suficiente. Quienes quedábamos y nos dispusimos a hacer alguna resistencia, dimos inicio a los sabotajes. Podían ser pequeños, pero eran cada vez más regulares y sistemáticos, hasta el punto en el que nos volvimos una amenaza real para ellos. La nobleza sangrienta, la élite de su especie, nos puso en sus listas de búsqueda y recompensa. Y comenzamos a ser perseguidos y traicionados por nuestra misma especie, nuestras familias, nuestros amigos, a cambio de lujos temporales. Algunos sufrimos persecución, encierro, torturas… Algunos cedieron a eso y se quebraron.
Otros…
El regalo de las drýades fue extendido a todos, cuando extendimos las visiones con la antena de amplitud psíquico-onírica total. El regalo de las herramientas biokinesicas. En la decimosegunda noche de Nivosa, antes de que los invasores llegaran, fue la última vez que todo Solais se conectó mediante raíces temporales, para compartir la visión, y las herramientas de emergencia. Pero… quienes decidieron venderse y servir a la nobleza sangrienta simplemente perdieron el regalo, y se condenaron a sí mismas.
El resto de nosotros… nos reunimos, luego de 40 solsticios sobreviviendo mientras nuestro hogar moría. Mientras lo sentíamos agonizar. Nos reunimos para re-conectarnos mediante las raíces, y emitir un decreto cifrado en nuestro idioma secreto. Ellos viajaron con naves y progreso. Nosotros viajaremos con nuestras mentes y espíritu.
A la madrugada siguiente, las tropas de la nobleza sangrienta se encontraron regados en un campo los cuerpos de todos los “líderes” espirituales de Solais, junto con otros seres que fueron capaces de realizar este viaje más allá de toda ley espacio-tiempo. 50.000 cuerpos fueron incinerados con la maquinaria del fuego artificial.
Ese mismo día, en Talamh, nacimos, en distintos lugares, 50.000 seres, luego de un pacto espiritual entre estos viajeros espacio-tiempo, y los Maestros y guardianes de este planeta. Un pacto de protección y enseñanzas a cambio de tener un hogar.
Pero este hogar no es nuestro.
Ellos, sus habitantes, se parecen más a la nobleza sangrienta que a nosotros. Les gusta el dinero, ven a la naturaleza como bien a explotar, y no respetan balance ecosistémico alguno. Incluso, creen que Solais, nuestro hogar primigenio, del cual solo su nombre sigue vivo, era el hogar de nuestros invasores. Para sus relatos, nosotros no existimos.
Por sobrevivir, nos condenamos a reencarnar una y mil veces aquí.
Y en cada una de mis vidas, tengo mis marcas de raíces verdes en la piel, con miedo a que me talen. A que, cuando ya hayan devorado todo lo que queda de Solais, vengan aquí.
¿Podremos impedir que todo pase de nuevo? ¿O este es realmente el absurdo eterno retorno de lo mismo de lo que hablan los humanos de Talamh en sus libros?
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